
La tradición repite de boca en boca y es recogido en el proceso de canonización abierto el año 1612. Ramón Llull, después de una vida azarosa e increíblemente activa, decide a sus 84 años regresar a Túnez y predicar el Evangelio a los musulmanes en su propio terreno. No era la primera vez; sus anteriores intentos de evangelización terminaron en cárcel, pena de muerte conmutada por destierro, violencias y persecución. En el mallorquín brillaba la luz de una fe incontenible, está claro, pensaba poner fin a sus días obteniendo la palma del martirio.
Fue lapidado en Bugia, Túnez, quedando envuelto en piedras, dándosele por muerto. Unos mercaderes genoveses que le tenían en gran estima, apiadados de sus sufrimientos, tuvieron el valor de pedir su cuerpo a las autoridades musulmanas, permiso que les fue concedido. Rápida y cuidadosamente, le embarcaron, observaron que aún respiraba, dirigiéndose con velas desplegadas al puerto de Génova, de donde ellos eran, pero los vientos les desviaron hacia Mallorca, patria de Ramón, donde es tradición que el bienaventurado mártir murió, al llegar. Los genoveses vieron en esto una señal de la voluntad de Dios, Llull, ciudadano del mundo quería descansar en su tierra natal.
Se avisa a las autoridades de Palma de Mallorca, que desembarcan el cadáver en Portopí. Ramón Llull, fue recibido por el pueblo en está su última aventura.
Los restos de Llull fueron depositados en la sacristía del Convento de los Franciscanos, Ramón pertenecía a la Tercera Orden Franciscana Seglar. Los religiosos de la iglesia de San Francisco solicitaron de las autoridades, y de los familiares el cuerpo, del que consideraban en vida santo, fue depositado en un arca.